Impromptus

Eugenio Gil Gil - Notario

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Eugenio Gil Gil - Notario

“SONRÍE Y REINARÁS”. Descifrando el enigma de los Zapatos Viejos de Cartagena de Indias

(Eugenio Gil Gil. Bogotá, marzo de 2022)

La vida viene y va...

con la perdida

juventud, sin un sol de primavera,

¡qué amarga viene a ser la despedida

para quienes, cual tú, van a la vida

como las ondas van a la ribera! (Despilfarro, L.C. López).

Al primer encuentro con ellos emerge raudo un misterio. El solo contacto visual de un desapercibido observador con algo que se interpone en su andar y lo cautiva, obliga a preguntarnos ¿qué arcano encantador encierra ese par de desvencijados y estropeados zapatos, si todos, en algún momento, los hemos arrojado al cesto de la basura, o cuando mucho han quedado arrumados en algún rincón de nuestra casa? Si logramos saberlo, entonces podríamos responderle a Plotino que interrogaba en su Enéada 1, 6: ¿Qué es lo que atrae la vista de aquellos que observan algo, y los vuelve y arrastra hacia ello, y les hace disfrutar de la visión? Decía Einstein que lo misterioso es la experiencia más hermosa que el ser humano pueda tener, y “es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia” (“El mundo tal como yo lo veo”, revista Forum and Century, v. 84, 1930). Así, algo mágico suscita el monumento y no falta quien se introduzca en una de las botas para explorar su oscuro interior. 

Erigido en honor al poeta más representativo de Cartagena de Indias, esta escultura al aire libre revive el amor que él profesaba por su ciudad natal. Pero, también, atañe la obra de arte a los concurrentes, en tanto un cúmulo de experiencias quedan en el olvido cuando un nuevo par son calzados, placer este incomparable con el sosiego y el silencioso desahogo que brindaron aquellos que terminan en el abandono. Y, ante todo, la imagen percibida expresa el efecto insinuador de un tallador nacido para la gloria, o para la condenación: Tito Lombana Piñeres (1935-1998), quien interpretó la nostalgia idílica del más antirromántico de los poetas colombianos, Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza (1879-1950).

El “Tuerto” López (realmente era bisojo), o “Luicé” como lo llamaron sus amigos, fue un radical irreverente, burlón de todo y de sí mismo, liberal pero respetuoso de tradiciones, escéptico, buenavida e íntimamente tierno. Un crítico de las realidades vividas en todas sus facetas personales, como empresario, periodista y diplomático. "Yo soy eminentemente anfiscio y Cartagena lo es en grado sumo. Aquí hay que prosternarse, conmovido por dentro y burlón por fuera” (citado por Ramón de Zubiría en Thesaurus, Instituto Caro y Cuervo, vol. 2 – 1992). Esa actitud ante la vida y las cosas era propia de su ethos Caribe. Su pluma rebelde fue orientada hacia la ironía existencial, más que humorística. Por eso, Nicolás Guillén (1902-1989) dijo de su obra: “No sé cómo se le tiene por poeta humorístico. La musa de López no ríe, sino que llora. Donde muchas veces creemos escuchar una carcajada, hay un lamento, un terrible lamento, casi un aullido” (Guillermo Alberto Arévalo, prólogo a “Luis Carlos López. Obra poética”).

Luicé amó a Cartagena, a cuyas callecitas, rincones y personajes dedicó copiosos versos. Y el sentimiento profesado por su aldea lo encontró en algo tan vivencial para conectarse con su espacio-tiempo, como el evidente cariño que muchos sentimos por los zapatos viejos. En ellos también está la memoria de sus andanzas por tabernas, y sus caminatas por las murallas y baluartes, antaño defendidas por valerosos moradores, nada comparables con los de la decadente ciudad de su época.

“El poeta es el hombre universal”, sentenció Schopenhauer, porque “refleja a la humanidad entera en sus íntimas profundidades, y todos los sentimientos que millones de generaciones pasadas, presentes o futuras han experimentado o experimentarán en las mismas circunstancias, que se reproducirán siempre, encuentran en la poesía su viva y fiel expresión” (Parerga y paralipómena, 1851).

Luis Carlos López proyectó a Cartagena con crudeza. Se erigió en pintor de sus realidades y con lenguaje sencillo y popular, o rebuscado a veces, dibujó la indocilidad de su generación contra la grandilocuencia de los poetas románticos. Sin embargo, se percibe entre la insolencia de sus versos un lirismo inocultable. Cantó a las plazas y esquinas de su ciudad, entorno de su cotidianidad vital, como al Portal de los Dulces, ese zaguán imperecedero... “roto avispero por donde cruza, frívola y austera, toda la población de enero a enero”. Y a las callecitas del “Corralito de Piedra” donde se cruzan “el turista/ la toga, el balandrán, Pedro Urdimales/ Venus, Baco, el hampón y el agiotista...”

Nadie, ni nada, escapó a la palabra impertinente de Luis Carlos López. Su originalidad e independencia intelectual le impedían contenerse ante ningún mortal: “¡Ah perro, miserable, / que aún vives del cajón de la bazofia, / -como cualquier político- temiendo / las sorpresas del palo de escoba! / ¡Y provocando siempre / que hurtas en el cajón pleno de sobras / -como cualquier político- la triste / protesta estomacal de ávidas moscas! … (A un perro). Ni parientes, amigos o conocidos:

"Se murió Mussolini, aquel perrito / de la bella Margot de Zubiría, / y toda la familia de Benito / le rezó más de un Ave María. / Lo enterraron debajo de un caimito / en la frescura de una noche umbría / con todo el rito, el imponente rito / de nuestra íntima clerecía. / ¿Por qué, Señor, por qué, / se muere un can hermoso / y no se muere un tal Ernesto Poso? / Cosas de Dios que no comete un yerro / según dice en su epístola San Pablo, / que le quita la vida a un pobre perro, / y le deja la vida a un pobre diablo (Se murió Mussolini).

Se cita en el sitio de internet “Escritos desde la oscuridad” el comentario de alguno de sus críticos: "Luis Carlos López es un comerciante acaudalado y astuto, sus amigos de la Cámara de Comercio conceptúan que la perniciosa manía de hacer versos se le irá pasando con el tiempo. También esperan tal curación sus otros amigos que no somos de la Cámara. Tiene, indudablemente, suficiente energía orgánica para librarse de esa chifladura". Para fortuna de la literatura nacional, esa anhelada sanidad no se hizo realidad.

Burlón irredento, López jamás se mofó de los humildes, a quienes consagró en sus versos y ayudó en su periódico “La Unión Comercial”, única publicación bilingüe que ha circulado en Cartagena desde entonces, en la que combinó el análisis de los negocios con la literatura, y colaboraciones de Unamuno con ofertas laborales “de las sirvientas, cocineras, peones y demás personas que necesitaran colocación”.

“Es mi destino / vivir en la ciudad, en la colmena / de la ciudad, donde nos mata el vino y la vida social nos envenena… / ¡Y yo que pude ser un campesino / de esos que se santiguan cuando truena! …” (Sin aprender el alfabeto).

Fueron los de su entorno social la diana de sus disparos literarios, círculo al que pertenecía, habitante de la ciudad amurallada y cuya vivienda fue la Casa del Marqués de Valdehoyos.

“Caballeros amables, señoras discretas / en las frivolidades del five o’clock tea, / con sombreros que fingen enormes viñetas / y calvas con un brillo como de barniz. / Pienso, unido a estos seres que portan caretas, / pasarme varias horas sin pensar. Aquí, / a trueque de unos cuantos cientos de pesetas, / soy feliz. Me parece que soy muy feliz…” (En la terraza).

Para ellos y ellas no había piedad:

La esposa del banquero, flaca y fría / que hace música. Yo/ junto al Pleyel, tenía / toda la flema de un anglosajón. 

Se prolongaba con alevosía / y premeditación / la sonata. Mi tedio me decía / bostezando: ¿por qué no anda el reloj? 

Y luego, para colmo / de peras en el olmo, / tuvimos que aplaudir  

a la señora del señor pudiente, / pensando injustamente: / ¿pero por qué Mozart no fue albañil? (De sociedad).

Menospreciado por los antologistas de la poesía colombiana del siglo XX, sin embargo, recibió la admiración del mismísimo Rubén Darío, máximo representante del modernismo hispanohablante. ¿Sesgos o celos de poetas? Posiblemente, pero entabló amistad con importantes escritores de la época, y tuvo una relación epistolar con el filósofo español Miguel de Unamuno, quien admiró su obra y le sugirió infructuosamente que abandonara la rima limitante y adoptara el verso libre (ver sus cartas en el Repositorio documental de la Universidad de Salamanca). El desparpajo de López rayaba en la burla. A la Biblioteca Nacional de México envió, por pedido de sus directores, una pintoresca reseña autobiográfica en la que decía haber publicado obras como “El Huerto de Nazaret", "Catilinarias anticlericales”, "La Vaca Peluda", y afirmaba ser doctor en medicina, obstetra de la Academia de Ciencias en Madrid, profesor de Anatomía Patológica, Química Orgánica, Física Médica y de historia de la Literatura Universal, así como diputado, representante, senador, ministro, y varias etcéteras (estas son de él). A pesar de los pocos afectos que le tenían algunos pares y críticos, otros exaltaron su obra, como Baldomero Sanín Cano, Eduardo Castillo, y libros y ensayos se han publicado entre los que destacamos “La sátira y la antipoesía de Luis Carlos López” del profesor de la Universidad de Illinois James Joseph Alstrum (Banco de la República, 1986).

Fue cónsul en Múnich (1928), paradójicamente de un gobierno conservador, y en Baltimore (1937-1944), a donde viajó, dijeron sus malquerientes, sólo para hacerse un tratamiento a su menguada vista, ya de nacimiento afectada por el estrabismo. Su diatriba política fue implacable y hasta se burló de la histórica propuesta del presidente norteamericano Woodrow Wilson, conocida como los “Catorce Puntos” para la paz en Europa (1918), creando los versos más atemporales y proféticos que delataban su profundo escepticismo:

«¡Viva la paz, viva la paz!» ...

Así trinaba alegremente un colibrí

sentimental, sencillo,

de flor en flor...

 

Y el pobre pajarillo

trinaba tan feliz sobre el anillo

feroz de una culebra mapaná.

Mientras que en un papayo

reía gravemente un guacamayo

bisojo y medio cínico:

                                    —¡Cuá cuá!”  (Fabulita).

Y así como desnudaba con sorna la retórica política, expresaba sus sentimientos más profundos, pero siempre con su crudeza, como espantando cualquier atisbo de cursilería:

"¡Adiós, rincón nativo!... Me voy y mi pañuelo

parece un ave herida que anhela retornar,

mientras singla el piróscafo, bajo el zafir del cielo,

cortando la infinita turquesa de la mar.

¡Nunca podré olvidarte, noble y heroico suelo

de mis antepasados!... No te podré olvidar

ni aun besando a una chica que sepa a caramelo,

ni aun jugando con unos amigos al billar... (Adiós).

 

Luis Carlos López

López, el irónico, no resistió a la atracción de su terruño, y sin patrioterismo aldeano cantó a Cartagena de Indias su más conocido soneto:

A mi ciudad nativa

Noble rincón de mis abuelos: nada / como evocar cruzando callejuelas, / los tiempos de la cruz y de la espada, / del ahumado candil y las pajuelas...

Pues ya pasó, ciudad amurallada, /  tu edad de folletín ... Las carabelas / se fueron para siempre de tu rada... / ¡Ya no viene el aceite en botijuelas! 

Fuiste heroica en los años coloniales, / cuando tus hijos, águilas caudales, / no eran una caterva de vencejos.

Mas hoy, plena de rancio desaliño, / bien puedes inspirar ese cariño / que uno les tiene a sus zapatos viejos". 

Los versos de Luicé flotaban, como toda poesía, en el umbral de las palabras. Y gracias a la obra de Tito Lombana, el talentoso joven nacido cerca de las ciénagas macondianas del río de La Magdalena y en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, la palabra se transformó en silencio, para ser contemplado e interpretado por el público. Sólo la genialidad de un artista podía alcanzar lo impensable: corporeizar el sentimiento del poeta y hacer visible y tangible lo expresado a través de símiles, metáforas y alegorías. Nació en Río Frío, un poblado del Departamento del Magdalena, Colombia, en el seno de una humilde familia que a mediados del siglo pasado se radicó en Luruaco, municipio cercano de Cartagena de Indias. Con un talento innato e incomparable, sin formación académica alguna y rebelde como el bisojo trovador, siendo apenas un adolescente había sido premiado en el IX Salón Nacional de Artistas de Colombia, en 1952, por una talla de mediano tamaño, hecha en madera y representativa del San Sebastián, un santo europeo, blanco y rubio, martirizado, desnudo, pero esculpido por Tito con la piel morena.

Tito Lombana

San Sebastián (Tito Lombana, 1952)

Obtuvo como recompensa una beca para estudiar allende el océano, y Tito viajó a Madrid y Florencia, donde se adentró en el conocimiento de los secretos de la escultura. En Italia se casó con la hija de un rico y culto empresario con quien tuvo dos hijas, Mónica y Bárbara, esta última casada con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, una de las más sobrecogedoras reseñas biográficas sobre el médico y docente Héctor Abad Gómez, su padre, vilmente asesinado en Medellín en 1987 por su valiente activismo en defensa de los derechos humanos.

Aquel contacto con el buen gusto y roce social de la familia de su esposa, influyeron considerablemente en el comportamiento y la actitud de Tito. Cambio que, después, lo llevaría a una desenfrenada búsqueda de sí mismo, para esculpir su propia vida, aun cuando en algún momento pareció eludir que el padre de su novia, cuando visitó Colombia con ella, conociera a sus progenitores. Después de ese encuentro, su futuro suegro, dando una muestra de madurez y liberación de prejuicios, le pidió que viajara a Italia a casarse con su hija.

Tito encubrió su personalidad tras una enigmática y seductora sonrisa. “Un gesto tan humano y tan ambiguo” dice su nieta, Daniela Abad Lombana, joven y brillante directora de cine que realizó el conmovedor documental sobre los aspectos más desconocidos de la vida del autor de los Zapatos Viejos: “The Smiling Lombana. Sonríe y reinarás”, subtítulo que tomé prestado para este esbozo.

Complementó justicieramente Daniela su ópera prima, "Carta a una sombra" (2015), en memoria de Héctor Abad Gómez, su abuelo paterno, para no dejar en el olvido una historia sobre su ascendiente materno, dos personas extremas, pero humanamente merecedoras de adentrarse en su interior. En la primera hay respuestas, porque el personaje era transparente al extremo. En el segundo documental, al final son preguntas las que quedan por la compleja actitud de Tito.

Siete mil pesos ofreció don Vicente Martínez Martelo, carismático y también sonriente alcalde de Cartagena de Indias desde 1956, a quien confeccionara un busto en honor del poeta Luis Carlos López, una suma considerable para la época, y Tito, ya de regreso al Caribe, tuvo la excentricidad de comprometerse con el funcionario a renunciar a los estipendios si se le daba plena libertad para realizar el proyecto. El trato fue aceptado, y nadie imaginó jamás la sorpresa que el escultor tenía en su recóndita imaginación. Sin mármol, ni bronce, construyó en concreto el icónico monumento de 3,40 m x 2,20 m x 1,50 m, y para darle finura a su acabado utilizó una pátina de plombagina.

 

Solo unos cuántos versados en la materia la aprobaron. Cuenta un hermano de Tito, en el largometraje de Daniela Abad, que al generalizado rechazo de su obra poca importancia le dio, y cuando le hizo el comentario de la percepción del público y de los entendidos despectivamente levantó los hombros porque el arte, para él, tenía que ser criticado. Pero la diatriba cesó cuando meses después de instalarse al frente del antiguo revellín que daba paso a la Calle de la Media Luna del barrio Getsemaní (Puente Heredia), una fotografía de los Zapatos viejos fue portada de la ya reconocida Revista Bohemia de Cuba, en su segunda edición de 1958, bajo el título de “La más caracterizada y representativa de toda América” y “ejemplo de arte en espacio público”.

Esos zapatos viejos de cemento ubicados en la rotonda del único acceso vehicular que conectaba en ese entonces a la ciudad amurallada con el continente, poco a poco fue ganando aceptación, en tanto reflejaba el amor que los cartageneros sentían por su ciudad, compartido con su inolvidable poeta. Para el virtuoso tallador, en cambio, su grandiosa escultura se conviritó en el réquiem de su virtud, en el más hermoso canto de un cisne que pasaba a un prematuro retiro para el arte y la sociedad, que solo podía sublimar para la eternidad. En 1960, en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá expuso seis obras de animales marinos en mármoles blanco de Carrara y rojo de Callemandino y Levanto. A partir de ahí... el olvido.

Tito se radicó en Medellín, apenas terminando la década del cincuenta. Fue en busca de negocios y dinero, y dejó un vacío que pronto fue llenado por otros escultores, como Eladio Gil, hispanocolombiano que erigió la emblemática "India Catalina", también ícono de Cartagena de Indias, inspirado en la estatuilla del hermano de Tito: Héctor Lombana Piñeres, autor de los Pegasos del muelle central de la ciudad, a quien correspondió la también rechazada demolición de la magna escultura de su hermano, porque el desarrollo de Cartagena de Indias exigía la construcción de un enorme puente para reemplazar al vetusto Heredia. Absurdo, porque los mandamases de la aún vigente “hueca política venal” (Mi Burgo), estimaron que era imposible el traslado a otro sitio dado el exagerado peso de la obra, como contrariamente lo sugirieron críticos del desplazamiento, cuando veinte años antes la ingeniería nacional había hecho posible trasladar el edificio Cudecom de Bogotá, una mole de hormigón y concreto de 8 pisos de altura y 7 mil toneladas de peso, para darle paso a una amplia avenida del centro de la ciudad, hazaña que durante 30 años fue Record Guiness como la estructura más pesada movida completamente de su lugar original.

 

Héctor Lombana mide el monumento de Tito, para su réplica

Por fortuna, también la genialidad anidaba en Héctor Lombana Piñeres (1930-2008). Con medidas precisas (dijo que debió rectificar la del zapato caído), logró hacer la réplica en bronce, que hoy adorna la explanada sur del Fuerte (que no “castillo”) de San Felipe de Barajas, Patrimonio de la Humanidad junto al Centro Histórico y demás fortalezas militares de Cartagena de Indias, desde 1984. Héctor padeció injustamente las acusaciones de suplantación de su hermano, lo cual no es cierto, porque de manera pública demostró que su papel fue replicar en bronce la obra de Tito, aunque ciertamente en una de ellas aparece escrito como autor “Héctor ‘Tito’ Lombana”, confusión que no se sabe si fue puesta por él o alguno de sus obreros. Pero el mayor de los hermanos se labró un prestigio bien ganado con muchísimas obras de reconocido valor.

 

Botas viejas ya habían sido tema del arte, particularmente del pintor neerlandés Vincent van Gogh (1853-1890). No es de extrañar que Lombana, cuando estudió en Europa, hubiera conocido la obra del artista de la oreja mutilada. Hasta es posible que alguno de los pequeños y oscuros cuadros de este pudo servirle de guía en Cartagena. Sin embargo, la escultura del colombiano goza de una originalidad incomparable. El hermano de Vincent, Theo, no gustaba de esos bodegones de viejas y umbrosas botas, por lo poco comercial. Pero Van Gogh las seguía pintando, porque expresaban el sufrimiento de los campesinos con quienes compartía su vida en el campo. También muy crítico de esas pinturas fue su gran amigo francés, y también famoso pintor, Eugene Gauguin (1848-1903), sedicente bisnieto de Simón Bolívar (su abuela, la célebre Flora Tristán, nació de una relación de Teresa Laisney y el Libertador). De una de sus disputas con Gauguin en Arlés, donde compartían un cuarto, resultó el incidente que dejó “tungo” a Van Gogh. Gauguin consideraba que el artista debía imaginar un símbolo, un mito, y a partir de su ideal realizar una obra. Vincent pensaba que eran realidades las que debían inspirar al pintor.

La hazaña de Tito fue descomunal. Primero, atinar en que el afecto del bardo cartagenero subyacía en el último verso de uno de sus tantos sonetos, más aun cuando muy pocas publicaciones suyas circulaban en la época. Después, descubrir el valor estético de unos objetos que, contrariamente a los cánones de este arte figurativo, muy pocos elementos podían reunir para confluir en lo bello y perfecto, y terminar siendo algo complaciente a la vista del observador, lo cual no está precisamente en lo viejo y acabado. Pero, lo más grandioso de Tito fue haber materializado lo intangible: la poesíaPasar de la experiencia del texto escrito, a la perepción visual y la aprehensión de un objeto en sus tres dimensiones y advertir su simetría, textura y edad. Pura creación artística, más que imitación de la realidad como lo plantearía Platón.

Los zapatos viejos de Lombana cautivan a pesar del arruinado estado en que los imaginó el enigmático tallador. Porque cuentan la historia del poeta, sus sentimientos, pensamientos y sus emociones. Son las sensaciones de mofa por sus contemporáneos, a quienes dedicó elogiosos y burlescos versos, pero comparó con una bandada de pájaros que al menor golpeteo huyen despavoridos (“caterva de vencejos”), y carentes del arrojo de sus antecesores, portentosas aves reales o doradas (“águilas caudales”), símbolos del valor y la fuerza para las legiones romanas, que en forma similar los cartageneros de antaño exhibieron en sus luchas contra los invasores de este emporio colonial del CaribeY no es la estética de las botas en sí, sino el mensaje que el escultor logró descifrar en unos versos llenos de ironía, lo que no empece su profundo contenido lírico. Luis Carlos también había dibujado a su ciudad sin titubeos:

"Población anodina, roñosa, intoxicada / de incuria -aquella incuria del tiempo colonial-

con su falsa nobleza de acéfalos, minada / por el fraile y la hueca política venal. 

Pobre tierra, caduca tierra que tanto quiero, / que hoy rumia mansamente su estolidez, venero,

de las intransigencias del medio parroquial (...)"

(de “Mi Burgo”, L. C. López)

¿Qué pudo pasar por la cabeza de Tito, en 1994, cuando se destruyó su escultura? Otro misterio que tampoco su nieta cineasta nos revela en el bien elaborado documental, en el que mezcla un material fílmico familiar de enorme valor artístico. Tito obtuvo el éxito económico en Medellín, diseñando, construyendo y decorando mansiones para ricos, muchos de ellos de dudosa reputación. Sin embargo, su vida seguía siendo furtiva para todos los suyos, como lo confiesa su viuda Laura, en un desgarrador relato en off del filme de Daniela Abad. Nunca pudo descifrar el verdadero sentir y los propósitos de su marido, pues siempre los temas serios los abordaba riéndose, "como si fuera un juego".

Su reino se soportaba en una sonrisa. Mas, lo anunciaría con antelación el aeda de Cartagena de Indias:

“De tus alegrías

quedarán sedimentos, sedimentos de melancolías.

Y verás lo que son las congojas

cuando lleguen los vientos,

los vientos que dejan tallos sin hojas”  (Quisicosas II).

Atrapado en una vorágine de exóticas relaciones, Tito terminó involucrado en una investigación por narcotráfico en Arizona (US) donde fue arrestado en 1975 por, supuestamente, dirigir un envío de varios kilos de cocaína a los Estados Unidos. Él siempre negó la acusación, y cuenta su abogado en la película de Abad, que mostró una actitud imperturbablemente sonriente, como la de un "joker". Admitió trabajar para personas con problemas legales, pero como arquitecto, constructor y decorador, lo único que sabía hacer como artista, y negó estar involucrado en sus negocios ilícitos. Seguramente fue víctima, como algunos más, de la venganza de algún mafioso, lo que no es raro por el carácter donjuanesco que asumió el extraordinario escultor cuyo error mayor, según cuentan en el film de su valerosa nieta algunos allegados, fue renegar de su aldeano origen. O tampoco extraño resulta que haya caido en un muy común entrampamiento de alguna agencia policial que combate el delito que mayor violencia genera en nuestro país. Tito nunca fue formalmente acusado por tráfico de drogas, y se le expulsó de los Estados Unidos por permanecer en forma ilegal en el mismo. Su inocencia, por tanto, quedó incólume, pero su vida destrozada. 

 

"Subí por la escalera /  del ideal,/ siguiendo una ilusión.

Pero me fue de una manera / mal, porque di un resbalón. 

¡Y enorme desengaño! / Me atormenta 

y mortifica

mucho más el daño / de una cuenta

que adeudo en la botica” 

 

(Esto pasó en el reinado de Hugo).

 

Tito Lombana y su obra

"The Smiling Lombana" se estrenó en 2018. El documental, se señala en la sinopsis de Filmaffinity, “suma capas, interroga memorias y archivos y confronta lo innombrable. 'The Smiling Lombana' siembra ideas y preguntas que tienen significado en el presente y que son asumidas por una generación de hijos y nietos que remueve silencios y busca darle sentido al pasado para evitar su repetición mecánica e inconsciente”.

Al alma de Tito, en el lugar que esté, sólo queda cantarle con el Tuerto López:

 

"No hay que hacerse ilusiones / sobre tibios colchones

de algodón y de seda. / La vida que nos queda

puede servirnos para / vencer. Y cara a cara

y contra la corriente / tenderemos el puente

de ribera a ribera... / Después, sin un suspiro,

disuelta la quimera, / nos pegamos un tiro" 

(Así habló Zaratustra). 

Daniela Abad Lombana

THE SMILING LOMBANA. Documental sobre Tito Lombana, dirigido por Daniela Abad Lombana.

Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=hCCL788m_Xc&t=3s

A MI CIUDAD NATIVA. Documental sobre Luis Carlos López, de Haroldo Rodríguez Osorio (2001)

         https://www.youtube.com/watch?v=lqYYHItIFdI